domingo, 20 de diciembre de 2015

Hasta siempre, 2015















Suena a tópico, pero es la verdad… ¡cómo pasa el tiempo! Hace exactamente un año, en esta misma columna, sugeríamos unas cuantas ‘películas navideñas’ para ver durante las Fiestas; y justo una semana antes comentábamos las últimas noticias sobre la séptima entrega de La Guerra de las Galaxias, que precisamente hoy llega a los cines españoles –y a los de medio mundo–. ¿Cumplirá las expectativas la película dirigida por J.J. Abrams? ¿Cuántos récords de taquilla batirá? ¿Cuál será la reacción de los fans más acérrimos de la saga? Por mi parte, con que me quite el mal sabor de las dos primeras precuelas –no me quedaron ganas ni de ver La venganza de los Sith–, me conformo…

En las casi veinticinco entregas de este 2015 –el año que viene serán muchas más, dada la nueva periodicidad semanal–, hemos tenido tiempo para hablar de los premios Óscar, de la futura quinta entrega de la saga Alien –ahora mismo en espera–, del sistema de calificación por edades en España, de los blockbusters estrenados durante la época estival, de la llegada de Netflix –¿aún no lo han probado?–, de la última Fiesta del Cine –¿de verdad no compensa bajar un poco los precios el resto del año?–, de series de televisión –por cierto, ya tenemos confirmada la tercera temporada de The Leftovers– o de la competencia entre la pequeña y la gran pantalla. Pero, ¿qué nos deparará el 2016?

Star Wars. El despertar de la fuerza (2015)

En lo que se refiere al cine más comercial y/o hollywoodense, tendremos un poco de todo: remakesPoint Break (Sin límites), ¡Ben-Hur!–, la nueva película de Tarantino –¿qué les parece su título español, Los odiosos ocho?–, secuelas tardías –Mi gran boda griega 2, Independence Day: Resurgence–, nuevos ¿reboots? –Los Cazafantasmas–, los enésimos intentos de Leonardo DiCaprio y Will Smith por ganar el Óscar al mejor actor –El renacido y La verdad duele, respectivamente– o la ya acostumbrada avalancha de cintas basadas en cómics –Deadpool, Batman v. Superman: El amanecer de la justicia, Capitán América: Civil War, X-Men: Apocalipsis, Escuadrón Suicida y un largo etc.

De todo esto y muchas cosas más –los estrenos menos comerciales; las nuevas series y temporadas televisivas; los correspondientes premios o festivales– procuraremos hablar durante los próximos doce meses. De todas formas, puedo aventurar que de lo primero que hablaremos al empezar el nuevo año será, inevitablemente, El despertar de la fuerza –¡en el momento de leer estas líneas más de un lector/a la habrá visto ya!–. Hasta entonces, Felices y cinéfilas Fiestas. PD.: por mi parte, espero poder sacar tiempo para ver, por enésima vez, uno de mis clásicos navideños particulares: Jungla de cristal

Jungla de cristal (1988)

Publicado en La Voz de Almería (18-12-15) 

sábado, 12 de diciembre de 2015

The Leftovers


No tengo reparos en afirmar que la exitosa y polémica Perdidos (2004-2010) fue una de las series más importantes de mi vida: es cierto que su sexta y última temporada me dejó un cierto sabor agridulce –no tanto por las explicaciones ofrecidas o por sus decisiones argumentales, como por la forma de explicitarlas en pantalla–, pero la disfruté como creo que no volveré a disfrutar ninguna otra producción televisiva; la referencia a Perdidos no es gratuita, ya que es uno de sus máximos responsables, el también exitoso y polémico Damon Lindelof –coguionista de films como Prometheus (2012) o Tomorrowland (2015)–, quien está detrás de la serie que hoy comentamos.

Basada en la novela del mismo título y emitida por la prestigiosa cadena HBO, The Leftovers parte de la siguiente premisa: cierto día, y sin motivo aparente, el 2% de la población mundial se desvanece sin dejar rastro; no obstante, el hilo conductor de la serie no es averiguar el auténtico motivo de dicho incidente –Lindelof, quizás escarmentado por su experiencia en Perdidos, dejó claro desde un principio que el espectador nunca lo sabría, y también que habría más preguntas que respuestas–, sino profundizar en las consecuencias psicológicas y sociales que dicha desaparición masiva ha provocado entre la gente y, más concretamente, en la vida de los protagonistas.

Carrie Coon (Nora) en The Leftovers (2014-)

No recuerdo cuál fue mi reacción exacta al ver los primeros episodios de la serie, pero sí que quedé completamente enganchado tras el tercero: titulado ‘Dos barcos y un helicóptero’ y monopolizado por un descomunal Christopher Eccleston –el noveno Doctor Who de la longeva serie británica–, tuvo en mí casi el mismo efecto que el provocado en su día por ‘Expedición’, aquel inolvidable primer episodio de Perdidos protagonizado por el personaje de John Locke. Mi obsesión con The Leftovers fue creciendo a cada capítulo y tras terminar la primera temporada dudé mucho que la segunda pudiera mantener o elevar el listón: cuán equivocado estaba…

Desde hace un tiempo, lo que más busco en cualquier producción audiovisual es que me emocione, y la –por el momento– última temporada de The Leftovers lo ha conseguido con creces: rara es la serie que me sorprende, me estremece y me obliga a secarme las lágrimas tantas veces a lo largo de un mismo episodio… Aficionada a jugar con los límites entre lo real y lo fantástico, apoyada en una prodigiosa banda sonora, y llena de sorpresas argumentales, apasionantes flashbacks y personajes que sufren y se debaten entre la fe y la ciencia, la serie co-creada por Damon Lindelof no es solo su particular obra maestra, sino también una Perdidos 2.0: madura, centrada y mejorada.

Póster de la segunda temporada de The Leftovers (2014-)

Publicado en La Voz de Almería (11-12-15) 

domingo, 6 de diciembre de 2015

Cine VS televisión















Hace unas semanas, manteniendo una conversación con un nuevo amigo cinéfilo, surgió uno de los temas clave en el panorama actual de la ficción audiovisual: desde hace algunos años, parece haber más calidad en muchas series televisivas que en los estrenos cinematográficos de cada fin de semana. Por supuesto, el término ‘calidad’ y su significado están sujetos –por naturaleza– al más amplio debate, y no es menos cierto que, cuando hablamos del séptimo arte, no es lo mismo el último blockbuster hollywoodense que el cine más indie o de autor; pero, en cualquier caso, creo que no es demasiado arriesgado afirmar que, en lo que se refiere al ‘entretenimiento de calidad’, la pequeña pantalla está tomando la delantera a su hermana mayor, a pasos agigantados.

Y es que, aunque me considero cinéfilo por encima de todo –un amante de esas píldoras narrativas y emocionales llamadas ‘películas’–, esta columna bien podría estar dedicada enteramente a la pequeña pantalla y a contar mis últimos descubrimientos televisivos: hace unas semanas hablaba de The Booth at the End; la semana próxima podría hacerlo de Bloodline –tiene muchísimos puntos a destacar, pero ya solo la monumental interpretación de Ben Meldensohn justifica su visionado–; la siguiente semana, de Grace and Frankie –un nuevo Friends maduro e infinitamente más complejo y satisfactorio–; y luego podría seguir con The Fall –nunca la vida cotidiana de un repugnante asesino había sido tan interesante– o Scream –qué ‘mala’ es, tengo que admitirlo, pero qué bien me lo he pasado viendo su primera temporada…

Bloodline  (2015)

Está claro que cada medio tiene sus ‘pros’ y sus ‘contras’ –por denominarlos de algún modo–: la ficción televisiva dispone, por ejemplo, de una mayor cantidad de tiempo para profundizar en sus temáticas y en sus personajes protagonistas; y su más corta duración siempre dará al séptimo arte ese ‘algo’ especial: en sus dos o tres horas de metraje, una película puede ofrecer un mayor rango de situaciones, abrir y cerrar tramas, etc. De igual modo, yo puedo ver una y mil veces No matarás… al vecino (1989), El último Boy Scout (1991) o Amenaza en la sombra (1973) –por nombrar algunas de mis cintas favoritas–, pero no me ocurre lo mismo con la mayoría de mis series favoritas –empezando por los obvios motivos temporales–. ¿Y si lo dejamos en tablas?

PD. La próxima semana toca hablar, irremediablemente, de The Leftovers, que finaliza su segunda temporada este próximo domingo 6 de diciembre: odiada y amada a partes iguales, para quien esto escribe se ha ido convirtiendo en la experiencia audiovisual más absorbente de los dos últimos años.

Grace and Frankie (2015)

Publicado en La Voz de Almería (4-12-15) 

sábado, 28 de noviembre de 2015

'Jessica Jones' decepciona















La semana pasada despedía esta columna anunciando que dedicaría el fin de semana a la nueva serie original de Netflix, Jessica Jones, y así lo hice; claro que lo que prometía ser una entretenida maratón se fue convirtiendo, con el paso de los capítulos, en una tarea más pesada que disfrutable. Las expectativas estaban muy altas, eso es verdad: la primera producción Marvel estrenada por la plataforma, Daredevil, supuso un soplo de aire fresco no solo en el panorama seriéfilo, sino también en el de las producciones audiovisuales sobre superhéroes –que desde hace unos años se han convertido en el pan nuestro de cada día–. Y, en mi opinión… Jessica Jones no ha estado a la altura. 

Compuesta por trece episodios –lo acostumbrado en las series originales de Netflix– y con un reparto encabezado por Krysten Ritter (Breaking Bad), David Tennant (Doctor Who) o Carrie-Anne Moss (Matrix), la nueva apuesta televisiva del imperio Marvel está protagonizada por una investigadora privada con superpoderes –fuerza sobrehumana, capacidad de dar enormes saltos, etc.–, bastantes problemas de actitud y cierta afición a la botella; el personaje original apareció por primera vez en los cómics a finales de 2001 y, por lo que se refiere a su trayectoria televisiva, la idea es que acabe formando equipo junto a Daredevil y otros personajes de la compañía en la futura serie The Defenders.

Jessica Jones (2015)

Jessica Jones tiene una resultona antiheroína como cabeza de cartel, un actor de lo más carismático –Tennant– interpretando al villano, unos créditos iniciales seductores, un leitmotiv musical pegadizo, una factura audiovisual correcta y un primer episodio que deja con ganas de más. Pero también tiene unos cuantos problemas que resultan difíciles de obviar: un guión bastante mejorable, unas escenas de acción algo ramplonas, un plantel de personajes secundarios con poca o ninguna chispa, una trama general que acaba volviéndose repetitiva –centrándose únicamente en uno de los muchos caminos argumentales posibles– y unas cuantas subtramas que acaban pecando de insustanciales.

Inconvenientes, casi todos ellos, que ya estaban presentes en la exitosa Dexter, en cuyas primeras cuatro temporadas trabajó precisamente Melissa Rosenberg, la creadora de Jessica Jones –primero como guionista principal y más tarde como productora ejecutiva–. Las comparaciones son odiosas, pero también muy útiles: al finalizar el segundo episodio de Daredevil, me entraron ganas de aprender artes marciales y dedicarme a luchar contra las injusticias de este mundo; en cambio, al acabar el segundo capítulo de Jessica Jones, lo único en lo que podía pensar era: “ojalá esto mejore”… 

Jessica Jones (2015)

Publicado en La Voz de Almería (27-11-2015) 

sábado, 21 de noviembre de 2015

La mesa del fondo













Hace unos años, allá por 2011, vi casi de casualidad el primer capítulo de una serie estadounidense titulada The Booth at the End, cuya principal novedad era su emisión multiplataforma: los capítulos podían verse casi a la vez en internet, en los dispositivos móviles y a través de la televisión tradicional. En cuanto a su argumento, resultaba muy seductor: un misterioso individuo tiene reservada una mesa al fondo de un restaurante y allí va recibiendo las visitas de diferentes personas; estas últimas le piden un favor, él ojea el cuaderno que tiene sobre la mesa y les encomienda una misión a cambio de concederles el deseo. Por motivos que ahora no recuerdo, solo vi aquel primer capítulo.
Pero hace unas semanas tuve, por fin, la oportunidad de ver la serie al completo: dos temporadas, cinco episodios por temporada y poco más de veinte minutos por episodio; algo más de dos horas que fui viendo a lo largo de un intenso día. Hay quien opina que es una serie que se disfruta mejor poco a poco, quizás ‘administrando’ una dosis por semana, pero en mi caso no pude evitar ir pasando de un capítulo a otro, deseando saber cómo continuaba la trama y qué le ocurriría a sus personajes; además, conforme pasan los episodios se va profundizando –que no necesariamente explicando– más y más en la propia mitología de la serie, lo que hace aún más atractivo y adictivo su visionado.

The Booth at the End (2011-2012)

Los alicientes para darle una oportunidad a The Booth at the End son muchos: la magistral interpretación de Xander Berkeley como el ‘hombre de los deseos’ –es una delicia verle escuchar a sus clientes–, la ambigüedad genérica que recorre buena parte de la trama –¿es un thriller o un relato fantástico?–, su facilidad para entretener al espectador mostrando solo a dos personas hablando –no creo que sea casualidad que su creador y guionista, Christopher Kubasik, hubiera trabajado previamente en la industria de los juegos de rol–, la atmosférica banda sonora, el impecable trabajo de ambientación –dan ganas de sentarse en ese restaurante a tomar un café y un pastel de manzana–; etc.
El desenlace de la segunda temporada, emitido en septiembre de 2012, deja la trama en un punto álgido y ofrece un portentoso cliffhanger muy fiel a la filosofía general de la serie, en el que prima más lo emocional que lo visual o espectacular. Desde entonces, los fans de The Booth at the End se preguntan cuándo llegará una tercera tanda de episodios que, lamentablemente, va pareciendo más improbable a medida que pasa el tiempo; pero no perdamos la esperanza… PD.: Este fin de semana toca maratón de Jessica Jones; y el viernes próximo, en esta misma columna, la correspondiente reseña. 

The Booth at the End (2011-2012)

Publicado en La Voz de Almería (20-11-2015)

sábado, 14 de noviembre de 2015

'Spectre' y el aburrimiento


Recuerdo perfectamente el día que vi Goldeneye (1995) en el cine; fue en la imponente y añorada Sala 4 de los Cines Imperial de la capital almeriense y, si no me falla la memoria, aquello estaba hasta la bandera. Era mi primera película ‘Bond’ en pantalla grande y no sé si por aquel entonces había visto ya alguna otra entrega del agente secreto: quizás alguna de las protagonizadas por Connery o Moore, por televisión –y en Canal Sur, concretamente–. Hoy en día mi opinión sobre la película ha cambiado bastante, pero aquella tarde de diciembre, tras ver la secuencia pre-créditos y a 007 capturando una avioneta en pleno vuelo, pensé que aquello era lo más emocionante que habían contemplado mis ojos.

Tras Goldeneye (1995) vinieron las decepciones: El mañana nunca muere (1997) –de nuevo en la Sala 4– me pareció entretenida, pero tras Mission: Impossible (1996) me sabía a poco; El mundo nunca es suficiente (1999) fue la última película ‘Bond’ de Brosnan que vi en el cine –en una de las salas pequeñas de los Imperial–; y Muere otro día (2002) la vi hace unos años por televisión, sin demasiado interés. Al mismo tiempo, fui revisando las anteriores entregas protagonizadas por 007, y tengo que reconocer que, a pesar de que lo considero el mejor James Bond de todos –existen pocos actores más carismáticos–, siempre me he aburrido con las películas encabezadas por Sean Connery.

Goldeneye (1995)

En 2006 llegó Casino Royale, y con ella, la ‘era Daniel Craig’: más presupuesto, más seriedad, menos fantasía, un Bond pre-007 y de nuevo Martin Campebll –Goldeneye– detrás de las cámaras. El metraje era exagerado, pero yo me lo pasé estupendamente en el cine y no me parece casualidad que sea la entrega favorita de una gran parte de los amantes del universo ‘Bond’. Quantum of Solace (2008) bajó el listón, es evidente, pero sus cien minutos se pasan en un suspiro y a quien esto escribe no le importa revisarla de vez en cuando, como entretenimiento puro y duro; no me ocurre lo mismo con Skyfall (2012), bella y referencial hasta decir basta, pero con la que nunca llego a conectar.

Este lunes fui a ver Spectre (2015) –la sala estaba casi vacía, nada que ver con la Fiesta del Cine– y me pasé las casi dos horas y media removiéndome en la butaca, presa del aburrimiento. No soy un experto en la etapa clásica, pero capté todos los homenajes. Y reconozco que la fotografía, las localizaciones y el apartado técnico son espectaculares –ojo a los rumores sobre su presupuesto–. Pero no disfruté con casi ninguna escena de acción –la pre-créditos no me pareció para tanto– y, por primera vez en mucho tiempo, al salir de la sala no estaba contando los días para reencontrarme de nuevo con 007…

Spectre (2015)

Publicado en La Voz de Almería (13-11-2015)

sábado, 7 de noviembre de 2015

La Fiesta del Cine


Aprovechando la segunda Fiesta del Cine de este 2015, ayer nos acercamos al cine a ver Marte (The Martian) en pantalla grande –lo de los títulos de las películas en España es un tema ya muy manido, pero algún día deberíamos dedicarle unos párrafos…–. Las colas para sacar la entrada en taquilla eran, como de costumbre en esta clase de eventos, bastante más largas que de costumbre; me alegró ver allí a un amigo de los de toda la vida, quien me comentó que se disponía a hacer sesión doble y que había acudido al cine también el día anterior. Al salir de la proyección –a eso de las 21:30– pude comprobar que las colas en taquilla eran todavía más numerosas que unas horas antes.   

No me considero un genio de las matemáticas. Y quisiera fiarme de los comunicados de las empresas del gremio, cuando afirman que resultaría inviable bajar los precios de las entradas de forma más regular, y no solo durante la Fiesta del Cine; pero me cuesta mucho. Aun siendo uno de los blockbusters del año, Marte (The Martian) llevaba más de dos semanas en cartelera y lo normal es que en la sala nos hubiéramos encontrado con menos de diez personas; pero casi no había butacas libres, como en el día de estreno de cualquier superproducción. ¿Los motivos? La buena acogida de la película, el evento en sí mismo y… la bajada de precios. Que cada cual saque sus propias conclusiones.

Marte (The Martian) (2015)

Repito que no me considero un genio de las matemáticas. Pero esta vez las estadísticas no fallaron: cuanta más gente en el cine, mayores posibilidades de experimentar esa clase de situaciones que me hacen desear refugiarme para siempre en el salón de mi casa. Para no romper con la tradición, parte de nuestros asientos –numerados– estaban ocupados y conseguimos que el grupo de personas en cuestión se cambiase de sitio –concretamente, un asiento a la derecha–, aunque casi como si nos hicieran un favor… Y, por supuesto, no faltaron los espectadores que, en las filas de delante, no paraban de deslumbrarnos con sus pantallas de móvil, mientras ojeaban la cuenta de Whatsapp.

Quedan solo unas líneas de columna y ustedes se preguntarán ‘¿Pero, y qué te pareció la película?’. Pues lo cierto es que esta es una de las ocasiones –menos de las que podría parecer– en las que debo incorporarme al sentir contracorriente, ya que no me apasionó lo más mínimo y estuve a punto de mirar el reloj en varias ocasiones. Hubo cuatro o cinco momentos aislados –sonrisas, miradas, notas musicales– que despertaron en mí algo de complicidad, pero poco más. Ningún detalle visual a destacar. Ningún plano para la posteridad. PD.: querida Mackenzie Davis, no escuches tu doblaje al español…

Marte (The Martian) (2015)

Publicado en La Voz de Almería (6-11-2015) 

domingo, 1 de noviembre de 2015

Y entonces llegó Netflix


La población cinéfila y/o seriéfila tiene cada día más posibilidades a la hora de visionar las producciones audiovisuales que sean de su agrado: las salas de cine, los videoclubs –aunque a ciertas personas pueda parecerles ciencia-ficción, yo sigo frecuentando el mismo al que iba cuando era pequeño–, las televisiones privadas y públicas, los canales de pago, las plataformas digitales, las redes P2P, los enlaces de streaming y descarga directa que pueblan la web, o los servicios de ‘video bajo demanda’. Este último sector lleva ya años implementándose en España –Wuaki, Filmin, Yomvi, etc.–, pero la llegada del gigante Netflix ha vuelto a poner de actualidad esta modalidad tecnológica.

La empresa estadounidense, que llevaba años anunciando su desembarco en nuestro país –finalmente el día elegido fue el pasado 20 de octubre–, ha decidido iniciar su andadura española ofreciendo un mes de prueba gratis a todo aquel que lo desee: aprovechando esta posibilidad –y sin experiencia previa en canales de pago o servicios de ‘video bajo demanda’–, me puse manos a la obra… El proceso de inscripción fue increíblemente rápido y pocos minutos después ya estaba navegando por el catálogo de la plataforma, apuntando títulos a mi lista de reproducción y, sobre todo, analizando los pros y contras de un servicio que cuenta con casi setenta millones de suscriptores en todo el mundo.   

John Wick (2014)

Aunque sus responsables ya han anunciado que pretenden doblar su tamaño de aquí a un año, el catálogo ‘español’ de Netflix es por ahora bastante más limitado –ronda los mil títulos– que el de otras de sus filiales internacionales. Del mismo modo, no parece ser el producto ideal para aquellas personas cuyo principal objetivo sea estar al día de los principales estrenos de cine o televisión: en lo que se refiere a las series, la compañía no tiene los derechos de casi ninguna de las ‘gigantes’ del medio y se caracteriza por ofrecer temporadas completas –no episodios sueltos–; en cuanto a las películas, casi todas las de su catálogo tienen al menos uno o dos años de antigüedad.  

No obstante, debo reconocer que a mí la plataforma me tiene enamorado: su atractivo y adictivo diseño; los ya famosos ‘20 segundos’ de espera antes de que se reproduzca automáticamente el siguiente episodio de la serie que estás viendo; agradables sorpresas cinematográficas como John Wick (2014) o Creep (2014) –hasta ahora inéditas en el mercado español–; la incuestionable calidad de la gran mayoría de sus series y películas exclusivas; el interesante catálogo de documentales y especiales humorísticos; etc. El tiempo dirá si esto es solo un amor de otoño o una relación para toda la vida…

Creep (2014)

Publicado en La Voz de Almería (30-10-2015)

domingo, 25 de octubre de 2015

La cumbre escarlata



Debo confesar que, hasta ahora, no he llegado a emocionarme con casi ningún trabajo de Guillermo del Toro: me fascina su imaginería visual –su faceta creativa más alabada, y con razón–, su pasión por el cine fantástico –en toda su amplitud temática y estética–, la originalidad de sus propuestas, su confeso amor por los monstruos y el esfuerzo que pone en planificar, levantar y desarrollar cada uno de sus proyectos artísticos; pero, al mismo tiempo, acostumbro a no conectar con los personajes de sus películas y el desarrollo dramático de sus historias –el factor que, personalmente, me lleva a revisar mis películas favoritas una y otra vez– me suele resultar forzado o poco inspirado.
Curiosamente, hace dos años me lo pasé en grande cuando vi Pacific Rim (2013) en el cine: los personajes –con algunas excepciones– y el desarrollo de los acontecimientos no me entusiasmaron, ni tampoco el aluvión de secuencias nocturnas –un recurso al que suele recurrir buena parte del ‘cine-espectáculo’ contemporáneo–, pero su efectivo planteamiento –un sueño infantil hecho realidad–, sus poderosas escenas de acción y, sobre todo, la banda sonora de Ramin Djawadi, me llevaron a aplaudir –literalmente– en más de una ocasión; el segundo visionado, ya en formato doméstico, no fue tan memorable, pero quizás porque el film fue concebido para verse en pantalla grande.

Pacific Rim (Guillermo del Toro, 2013)

La semana pasada llegó a la cartelera La cumbre escarlata (2015), el último trabajo del cineasta, y debo confesar que lo he disfrutado durante casi todo su metraje. Gótica hasta la extenuación, hermosa hasta decir basta y con una partitura a cargo de Fernando Velázquez que, sin tener temas memorables, resulta de lo más funcional a la hora de meter al espectador de lleno en la trama, la película me volvió sin embargo a chirriar en su tramo final –sobre todo en lo que se refiere a las decisiones y comportamientos de casi todos sus personajes– y algunas decisiones estéticas no me han convencido –esas presencias fantasmales tan deudoras de Mamá (2013), producida por el propio Del Toro.
Pero a pesar de estas últimas reticencias, creo que mi balance personal es positivo: en este sentido, la escalofriante presencia de Jessica Chastain –fue ella, y no los ‘ruidosos’ fantasmas, quien logró ponerme los pelos de punta en más de una ocasión–, el asombroso diseño de producción –obsesionado por la belleza implícita en toda decadencia– y la siempre bienvenida posibilidad de disfrutar con una historia protagonizada por un personaje femenino –en mi opinión, uno de los más habituales alicientes del cine fantástico y de terror– me parecen motivos suficientes como para recomendar su visionado. 

La cumbre escarlata (Guillermo del Toro, 2015)

Publicado en La Voz de Almería (23-10-15)

domingo, 18 de octubre de 2015

Terrores televisivos


Hace justo una semana que comenzó –coincidiendo con la apertura del Almería Western Film Festival– la 48ª edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Cataluña y, a solo dos días de su clausura, nunca está de más reivindicarlo, no solo como el mejor festival de cine fantástico y de terror del mundo –no es casualidad que sea conocido como el ‘Festival de Festivales’–, sino sobre todo como una visita imprescindible para todas aquellas personas aficionadas, interesadas o enamoradas del cine y, en particular, de estos dos amplísimos géneros cinematográficos. Precisamente en la edición de 2008 se presentó el cortometraje que, años después, daría origen a la película Mamá (2013). 
Dirigido por el argentino Andrés Muschietti –también responsable del libreto junto a su hermana Bárbara– y auspiciado por Guillermo del Toro, el film fue un gran éxito en taquilla –costó quince millones de dólares y recaudó ciento cincuenta– y recibió el aprobado general de la crítica. ¿La historia? Una pareja debe hacerse cargo de sus dos sobrinas, las cuales han pasado cinco años aisladas en una siniestra cabaña: pronto descubriremos que han traído consigo una presencia fantasmal… Por diversos motivos, nunca llegué a ver Mamá (2013) –y eso que el terror es mi género favorito–, pero hace unos días no me pude resistir cuando la vi anunciada en ‘El taquillazo’ de La Sexta.

Mamá (2013)

Al margen de la película en sí misma –me lo pasé bastante bien con los sustos y el diseño de producción, pero no tanto con los, en mi opinión, numerosos problemas de guión–, lo que más llamó mi atención aquella noche fue descubrir que la cadena emitió Mamá (2013) solamente con su doblaje al castellano, sin dar opción a disfrutarla en versión original: algo totalmente insólito, teniendo en cuenta que la oferta de ambos idiomas está hoy a la orden al día en casi cualquier canal de la TDT. Estuve a punto de apagar la TV, pero al final me conformé con escuchar –entre otras cosas– a Jessica Chastain hablando en un tono mucho más macarra que el de su verdadera interpretación.  
La emisión al menos incluía los cada vez más habituales subtítulos para personas sordas o con problemas de audición –y, en otras ocasiones, para quienes los necesiten para ver un film en versión original–: otra de esas opciones tecnológicas que, aunque parecen haberse generalizado, siguen sin ser tenidas en cuenta por algunos canales de televisión –no miro a nadie, Paramount Channel–. Claro que si hay un enemigo verdaderamente temido por quienes desean ver alguna de las películas –o series– que ofrece la parrilla televisiva, son ¡los cortes de publicidad! Pero de ese tema hablaremos quizás otro día…

Jessica Chastain en Mamá (2013)

Publicado en La Voz de Almería (16-10-2015)

sábado, 10 de octubre de 2015

Nueva temporada





Ya metidos de lleno en octubre, el verano va quedando cada vez más y más lejos. Atrás queda otra temporada estival durante la que Hollywood nos ha bombardeado con ‘piedras de toque’ –Mad Max: Furia en la carretera (2015)­–, exitosos revivalsJurassic World (2015)– y entretenimientos de primer orden –Misión Imposible: Nación Secreta (2015)–, sin olvidar la habitual exhibición de Pixar –Del revés (2015)– o la correspondiente ración superheroica –Ant-Man (2015) y Los cuatro fantásticos (2015)–; claro que la industria española no se quedó atrás, encadenando blockbusters como Anacleto. Agente secreto (2015), Ahora o nunca (2015) o Atrapa la bandera (2015).
Pero que no cunda el pánico, ya que los meses de otoño e invierno se presentan igual o más de interesantes en lo que a estrenos se refiere: La cumbre escarlata (2015) –estando dirigida por Guillermo del Toro, es casi un logro que haya salido adelante–, Spectre (2015) –¿el penúltimo Bond para Daniel Craig?–, Ocho apellidos catalanes (2015) –una nueva saga para nuestro cine–, The Walk (2015) –parece que Zemeckis ha vuelto para quedarse–, Los juegos del hambre: Sinsajo. Parte 2 (2015) –y ojo, que se rumorean precuelas–, El viaje de Arlo (2015) –la segunda película de Pixar en pocos meses– o el nuevo episodio de Star Wars (2015) –que tiemblen Avatar (2009) y Titanic (1996)…

Banner promocional de Spectre (2015)

En cuanto al panorama de rodajes en nuestra provincia, la cosa pinta mejor que nunca. Tras producciones cinematográficas como Exodus: Dioses y reyes (2014) o Risen (2016), y con Mar de plástico triunfando en Antena 3, la TV vuelve a Almería: si hace unos años disfrutamos de la visita de Doctor Who (BBC), a lo largo de los próximos meses tendremos aquí al equipo de Juego de tronos (HBO) rodando parte de su sexta temporada –tras pasar por Girona y Peñíscola–, y recientemente se ha dado a conocer que dos episodios de la próxima temporada de Penny Dreadful, no solo estarán dirigidos por el español Paco Cabezas, sino que parte de ellos serán rodados en Almería.

De todo esto y mucho más iremos hablando en esta columna, renovada por una nueva temporada y esta vez con el doble de entregas –cual exitosa serie de televisión–: y es que a partir de ahora ‘La última escena’ tendrá periodicidad semanal, por lo que cada viernes nos encontraremos aquí para hablar sobre cine, series, televisión, rodajes y todo lo que surja. De momento, puedo adelantar el tema que trataremos la semana que viene: ¿alguien intentó ver Mamá (2013) –la película de terror producida por Guillermo del Toro– en versión original con subtítulos, el martes, en ‘El Taquillazo’ de La Sexta…? 

Imagen promocional de Penny Dreadful (Showtime)

                                                                                         Publicado en La Voz de Almería (16-7-2015) 

viernes, 14 de agosto de 2015

Terror gourmet (VII): 'Vertige' (2009)


Hasta el momento única incursión de Abel Ferry -curtido en ‘Las noticias del guiñol’ francesas- en el campo del largometraje, Vertige (2009) mantiene la dinámica vista en muchas de las películas de terror estrenadas en los últimos tiempos y en las cuales un grupo de jóvenes se dispone a salir de viaje o excursión para luego verse sorprendidos por algún tipo de amenaza exterior. A este respecto, la cinta se compone de dos segmentos perfectamente diferenciados: la primera mitad nos presenta a los cuatro protagonistas de la historia y nos muestra su particular expedición por las montañas del Parque Nacional de Risnjak (Croacia), durante la cual experimentan todo tipo de contratiempos logísticos, personales y grupales; la segunda mitad, por su parte, está centrada en cómo estos mismos personajes son asediados por un misterioso cazador del que no eran conscientes hasta ese momento. Una de las principales influencias del film es The descent (2005), aquella obra magna de la claustrofobia dirigida por Neil Marshall en la que seis amigas emprendían una expedición de espeleología que acababa convertida en una auténtica pesadilla subterránea; en Vertige (2009) los personajes se mueven en dirección contraria -hacia arriba y no hacia abajo-, pero las similitudes son constantes a lo largo del metraje: la foto grupal del principio, el trauma recurrente de uno de los personajes, el momento en que se descubre que uno de los principales obstáculos de los protagonistas había sido previsto ya de antemano por uno de ellos…

Durante sus primeros treinta minutos, el film de Ferry se sirve de la espectacularidad que rodea al mundo de la escalada de montaña para mantener enganchado al espectador: los preciosos paisajes croatas que sirven como escenario principal de la historia, las clásicas escenas en que se describen los entresijos técnicos de este deporte, las siempre fascinantes cuerdas y aparejos que rodean a los escaladores en su ascenso; etc. Como es natural, Vertige (2009) no se limita a mostrar estos aspectos y se aleja del estilo documental introduciendo todo tipo de dificultades en el camino de los protagonistas: uno de los personajes no hace más que recordar una situación traumática de la que intenta olvidarse y otro sufre de vértigo -la histriónica interpretación del actor puede hacer pensar en la sobreactuación, pero quien haya experimentado algo parecido a una fobia sabrá que el resultado es bastante realista-; el regreso de un exnovio provoca un triángulo amoroso lleno de celos y roces que pone en peligro la expedición en numerosos momentos; y conforme avanza la escalada los protagonistas deben hacer frente a un tramo sin cuerdas o a un puente que no aguanta muy bien las sobrecargas. Sin embargo, la atropellada presentación de los personajes, la nula tridimensionalidad de los mismos, el más que cuestionable carisma de algunos de los miembros del reparto y un tratamiento cinematográfico que se acerca peligrosamente al cine amateur, quedan a años de luz de la mencionada The descent (2005) o del tramo introductorio de otra película de corte muy similar a la que ahora comentamos, A Lonely Place to Die (2011).   

Vertige (2009)


La secuencia más inspirada de Vertige (2009) es quizás aquella en la que el género de terror y el maquillaje sangriento hacen su primera aparición: durante la misma, varios personajes intentan zafarse de una caída mortal desde una de las paredes de la montaña, mientras otro se enfrenta a una de las trampas del enigmático antagonista, cuyo rostro no conoceremos hasta el último tramo del metraje. A partir de ese momento, la historia abandona los toques de aventura y se centra en las penurias del grupo protagonista en su afán por salir vivos de la montaña y por averiguar el paradero de aquellos que van siendo neutralizados; el planteamiento estético de la cinta también es radicalmente distinto en esta segunda mitad del metraje, dado que los soleados paisajes dejan paso a una gran cantidad de escenas nocturnas y/o rodadas en interiores. El resultado final es entretenido y contiene algunos enfrentamientos físicos meritorios, además de beneficiarse de una banda sonora funcional pero resultona a cargo de Jean-Pierre Taieb -Frontierè(s) (2007) o The Divide (2011)-, pero está desprovisto de sorpresas para los aficionados al género; la película parece esforzarse, eso sí, por confundir al espectador en lo que se refiere a su identificación con los personajes, los cuales van alternando conductas egoístas y heroicas cada pocos minutos, y se van turnando el estatus de ‘protagonista’. En cualquier caso, la poca entidad de estos últimos, la permanente sensación de déjà vu y una más que evidente falta de estilo juegan en contra de Vertige (2009) y la convierten en una propuesta de escaso recorrido en la memoria cinéfila.

viernes, 7 de agosto de 2015

Terror gourmet (VI): 'Peur(s) du noir' (2007)


Peur(s) du noir (2007) -‘Miedo(s) de la oscuridad’- está dirigida por un grupo de reputados dibujantes, ilustradores y artistas gráficos procedentes de distintos países y hasta entonces sin demasiada relación con el mundo cinematográfico. El film está compuesto por varias historias animadas en blanco y negro, cada una de ellas con un sello estético muy particular: una de ellas imita el dibujo en carboncillo, otra parece un cómic en movimiento y hay incluso un segmento en el que solo se nos muestran formas geométricas. A pesar de que no tienen un nexo argumental común, todas comparten el ‘miedo’ como eje temático y a lo largo de ellas se abordan aspectos como el terror a la oscuridad o a lo desconocido, el mundo de las pesadillas, la naturaleza de nuestras fobias, las consecuencias de la violencia o los recuerdos de juventud. Recibida positivamente por la crítica en el momento de su estreno -aunque desde ciertos sectores se le achacó ser no tanto una propuesta terrorífica para todo tipo de público, como una exhibición de talento artístico destinada a una audiencia muy minoritaria-, Peur(s) du noir (2007) contiene dos segmentos que, sin servir en última instancia como hilo conductor, sí que profundizan en la temática central del film y se desarrollan entre cada uno de los cortometrajes: a lo largo de la película somos testigos de cómo los cuatro perros de caza -uno por cada historia- de un sádico marqués del siglo XVIII atacan salvajemente a diversos individuos; y también escuchamos por trozos el monólogo de una mujer que habla sobre sus fobias cotidianas, desde su miedo a ser inútil para la sociedad hasta su preocupación por las circunstancias de su futura muerte -siendo éste precisamente el segmento acompañado por todo tipo de formas geométricas.

En cuanto a las historias principales, la primera de ellas está protagonizada por Eric, un chico tímido obsesionado con los insectos que, durante su época universitaria, conoce a la primera mujer de su vida, Laura, quien comenzará siendo la mujer de sus sueños pero acabará convirtiéndose en una presencia autoritaria y posesiva: ¿tendrá algo que ver con aquel insecto que se escapó de un bote de cristal cuando era pequeño y con los ruidos que, desde entonces, Eric ha escuchado detrás del cabecero de su cama? Narrado a través de la animación 3D y utilizando sabiamente los planos secuencia, el cortometraje de Charles Burns juega no solo con el miedo a los insectos o a la invasión de nuestro propio cuerpo, sino también con las ansiedades típicas que sobrevuelan casi cualquier relación de pareja: la dependencia, los celos, el tener o no tener hijos, etc. La segunda historia, por su parte, está ambientada en Japón y narra la historia de Sumako, una niña hospitalizada y forzada a soñar mediante la inyección de una misteriosa sustancia: se ve a sí misma yendo a un colegio donde es maltratada por sus compañeros y donde conoce la leyenda maldita de un samurái; ¿pero son solo pesadillas o tienen mucho que ver con un asesinato relacionado con la familia de Sumako? Utilizando la animación en ‘flash’ -tan de moda en los últimos tiempos gracias a los juegos online-, el cortometraje de Marie Caillou es el más imaginativo y demencial de todo el conjunto, ofreciendo al espectador un buen puñado de momentos chocantes y enfermizos, dignos de cualquier pesadilla. La tercera historia es quizás la más decepcionante de todas: centrado en los misteriosos acontecimientos ocurridos durante un verano de juventud -y seguramente inspirado en los paisajes urbanos del pintor italiano Giorgio de Chirico-, el cortometraje de Lorenzo Mattotti se limita a crear una atmósfera bella pero inquietante.

Peur(s) du noir (2007)

La última historia, a cargo de Richard McGuire -parte del departamento artístico de la aclamada Up (2009)-, es la ‘joya de la corona’ y de hecho una de sus imágenes fue parte indispensable del material publicitario de la película. Creado a partir de dibujos a mano y técnicas 3D, el cortometraje carece por completo de diálogos pero está repleto de efectos de sonido, los cuales ayudan a reforzar una clásica historia de fantasmas y casas encantadas que encuentra su mejor arma en el magistral uso del blanco y negro: un hombre fornido, calvo y con bigote -todo lo contrario al protagonista arquetípico de este tipo de historias, al menos en el séptimo arte- entra en una casa para refugiarse de una tormenta de nieve, pero lo que parece una simple casa abandonada se convierte con el paso de los minutos en un entorno de pesadilla y habitado por una enigmática presencia femenina. Es también el segmento más emparentado con el clásico relato de terror gótico: el visitante se dedica a investigar por los rincones de la siniestra vivienda; descansa junto al fuego del hogar mientras degusta un vaso de vino y ojea un álbum de fotos antiguas; sueña que alguien le ataca por detrás del sillón donde está durmiendo -como si se tratara del cuento de Cortázar ‘Continuidad de los parques’-; etc. Solo ya por el planteamiento estético de este cortometraje merece la pena acercarse a Peur(s) du noir (2007), cuyo punto álgido son precisamente las escenas en que el protagonista de esta última historia ilumina los rincones de la casa con la tímida luz de una vela: el negro se apodera entonces de la pantalla y los espectadores se ven forzados a imaginar lo que sucede en pantalla ayudados solo por unas pocas líneas o formas de color blanco.